Crónicas de nuestro tiempo: En Pucarani el Centro Vida «Arrebatándole vidas a las drogas»

La experiencia desarrollada durante 26 años por el Centro Boliviano de Solidaridad VIDA, el más antiguo de su tipo en Bolivia, nos muestra las dificultades de la lucha por la rehabilitación del consumo de drogas en nuestro país.

Carmen Miranda Castillo (*)

“Si consumes drogas terminas en la calle, en la cárcel o con la muerte”, nos dice Ted (nombre ficticio) de 23 años de edad, quien lucha por rehabilitarse en el Centro Vida luego de haber llegado a las calles en algunas ocasiones en sus ocho años de consumo de estupefacientes (principalmente marihuana y alucinógenos) en las ciudades de La Paz y El Alto

Converso con él en una de las pequeñas “casitas” como llaman los habitantes de Pucarani al grupo de habitaciones con techo cupular de pequeñas ventanas que conforman el centro Vida. Las viviendas incluyen una pequeña sala y un dormitorio divididos sin puerta; son muy acogedoras y bastante abrigadas para soportar el frío del altiplano paceño. Además el centro tiene cocina, comedor, sala, baños, jardines y algunas “carpas” o invernaderos en los que producen verduras para consumo y para la venta.

Pucarani es una pequeña población de cerca de 30.000 habitantes ubicada aproximadamente a 30 kilómetros al oeste de la ciudad de La Paz en la provincia Los Andes cuyos pobladores viven de la producción agrícola de papa y haba, entre otros, además de la lechería.

Sus pobladores cuentan que algunas veces quienes viven en las “casitas” salen a vender sus verduras y gelatinas, aunque en otras ocasiones se los encuentra tomando en alguna cantina o tienda hasta quedar muy borrachos, por lo que son expulsados.

Este centro es una entidad privada sin fines de lucro que se ha propuesto arrebatarle algunas vidas al consumo de drogas en Bolivia, habiendo recibido hasta la fecha cerca de 3.000 personas desde su creación en 1991, de las que logró rehabilitar cerca del 20% (600) en su mayoría (90%) varones de entre 20 y 35 años, gracias al apoyo de sus familias, entidades de beneficencia y algunos aportes gubernamentales.

El consumo de sustancias controladas es un problema que afecta al 5,6% de la población del planeta según el Informe Mundial sobre las Drogas 2018 de la ONUDD (Oficina de Naciones Unidas para la Droga y el Delito) y Bolivia no está exenta del problema.

El III Estudio Epidemiológico Andino sobre consumo de drogas en la Población Universitaria, Informe Regional 2016, muestra que Bolivia está por debajo de países como Colombia, Ecuador y Perú en consumo de sustancias como alcohol (56,6%) y marihuana (4,98%). Sin embargo entre las drogas ilícitas de mayor consumo, luego de la marihuana preocupa el LSD (0,79%), la cocaína (0,41%), drogas de síntesis, inhalables y tranquilizantes.

Según el Director del Centro Vida, Lloyd Jacobs Elío, la psicóloga Ammy Medina y cinco residentes de entre 20 y 34 años a quienes pude entrevistar, para lograr la rehabilitación y dejar el mundo de las drogas se debe identificar que el problema real no es la droga en sí, sino aquellas razones que los llevaron a consumirlas.

Ted está internado por segunda vez. La primera logró cumplir seis meses. Desde los 15 años consume marihuana y alucinógenos, por lo que nos habla del microtráfico de estos estupefacientes en colegios y universidades.

—Es fácil y barato conseguir  marihuana y algunos (traficantes) la regalan o invitan para enganchar a los jóvenes, pero los alucinógenos los traen de Perú o Chile y son más caros. La marihuana la consiguen desde Bs 20 y los alucinógenos desde Bs 200 la dosis de LSD, hongos u otras de ese tipo. Si bien algunas personas pueden controlar su consumo y mantienen sus estudios, trabajo o familias, otros no podemos manejarlo de esa forma por lo que es muy riesgoso entrar en este mundo.

Consultado sobre los efectos de estas drogas afirma que en su caso, por no tener dinero llegó a delinquir robando hasta a su propia familia, a vender sus cosas y a sumirse en el mundo de la calle con gente que vive allí.

Cuando conversa conmigo está recién bañado y me llaman la atención que lleva algunas prendas de vestir de marcas conocidas y muy caras en sus zapatillas, pantalón y chamarra, todos a la moda, por lo que puedo advertir que proviene de una familia con recursos.

—Qué deberían hacer las instituciones públicas para frenar este problema— le pregunto.

—Deberían realizar campañas de  prevención con información para los jóvenes por medios de comunicación para que sepan que la droga los va a sumergir en un mundo muy feo solo por un placer momentáneo y las necesidades de consumo los llevarán a hacer cosas que jamás pensaban. También deberían controlar mejor la venta de drogas en las universidades, porque en las tres en las que estuve en La Paz existe bastante.

Cuando le consulto sobre la actitud de sus padres, se pone triste, agacha la cabeza y dice que en su caso nunca estaban en su casa y solamente le pedían que llegue antes de las 10.00 de la noche pero no verificaban lo que hacía y trataban de justificar su ausencia o falta de afecto con cosas materiales.

En ciudades como La Paz se puede encontrar drogas en algunas plazas, parques y hasta en el Penal de San Pedro, como revelaron algunos reportajes y corroboraron mis entrevistados, pero las razones que motivan el consumo principalmente se encuentran en el hogar como la falta de comunicación, el abandono de los padres y los problemas que tienen algunos jóvenes para manejar sus temores.

Sin embargo en las ciudades de Bolivia existe un grupo grande de personas que consumen drogas por la pobreza, muchos son niños que crecieron en las calles abandonados por sus familias, hombres y mujeres quienes sufrieron todo tipo de abuso y hasta les quitaron sus hijos, pero ellos no tienen opciones y muy pocos llegan a los centros de rehabilitación cuyos costos son altos y en la mayoría de los casos son cubiertos por las familias o entidades religiosas o de beneficencia.

El escritor y periodista cochabambino Ramón Rocha Monroy nos dice: —Los drogadictos de las calles son como muertos en vida, que claro que desearían dejar ese mundo pero es muy difícil que lo logren porque apenas logran sobrevivir.

Independientemente de estas razones, cuando se ha llegado a niveles de adicción, es la persona que quiere recuperarse, la que debe asumir el reto de hacerlo a partir de tener las condiciones para ocuparse de sí mismo.

—No curamos a nadie, solamente les damos las condiciones para que se ocupen de sí mismos dejando de lado otras preocupaciones como la obtención del sustento o la presión del grupo, concentrados en reaprender a vivir sin depender de una sustancia— dice Lloyd Jacobs quien hace 24 años estuvo como residente para rehabilitarse del consumo de estupefacientes en el centro en el que trabaja hace 10 años y es su Director hace tres y medio.

En el centro Vida trabajan guiados por una filosofía en parte adoptada del Proyecto italiano Hombre que señala: “no hay ningún refugio para escondernos de nosotros mismos…” y es importante reconocernos como “hombres, parte de un todo, con su aporte para los demás”.

Esta entidad laica fue creada por un grupo de mujeres filántropas  frente a la inexistencia de centros de rehabilitación de consumidores de drogas en Bolivia hace 26 años. Es inclusivo y solamente rechaza a embarazadas, personas con discapacidades graves o trastornos mentales, por carecer de especialistas para tratarlos.

En Bolivia se calcula que existen aproximadamente 80 centros similares según el Directorio de Centros de  Tratamiento, Rehabilitación y Comunidades Terapéuticas, de los cuales solamente ocho funcionan con recursos estatales. Los modelos de atención que se aplican son en su mayoría de carácter espiritual, hospitalario, psicosocial educativo o trabajan en coordinación interinstitucional, comunidad terapéutica, reforzamiento comunitario, judicial o coercitivo.

— El uso severo de drogas evita que se aprendan cosas como la responsabilidad, aspecto esencial para mantener  el trabajo, la familia y los amigos—, destaca Jacobs por lo que rutinas como levantarse temprano, comer respetando horarios, realizar meditación, realizar trabajo comunitario, limpieza de espacios individuales o colectivos y participar de grupos de autoayuda, forman parte  de la tarea de reaprender a vivir con disciplina.

La lucha es fuerte y el deseo de recaer  a muchos los devuelve a la droga a las pocas semanas cuando el requisito es que se mantengan “limpios” o sin consumo durante por lo menos nueve meses para luego pasar al centro El Kenko en El Alto donde se incorporan al mundo laboral gracias a convenios interinstitucionales.

Lía (nombre ficticio) es la única mujer en el Centro VIDA, tiene 23 años y está por quinta vez. Anteriormente logró permanecer máximo tres meses y esta vez espera completar su tratamiento.

—¿Qué drogas te ocasionan problemas? —, pregunto.

—Las pastillas (ansiolíticos) con alcohol que consumo desde los 15 años. La primera vez fue con un enamorado y cuando las tomo al principio siento  felicidad, luego valentía y “me borro”, es decir, me hacen perder el conocimiento. Otros se vuelven valientes y hasta llegan a robar—, comenta.

—Pero ¿Cómo obtienes esos medicamentos si necesitan receta médica?

—Es fácil falsificar las recetas y solo hay que tener el cuidado de no tomar más de ocho por día porque podrías morir, ya que el cuerpo no aguanta más.

Al igual que sus compañeros, en total 12 en el centro VIDA, Lía no logra detenerse cuando comienza a consumir drogas.

— Las drogas te hacen entrar en depresión, te sientes solo y te vuelves desobligado porque no tienes ganas de hacer nada. Las mujeres corremos más riesgo porque los hombres se aprovechan cuando estamos drogadas y por eso quienes consumen drogas deben buscar ayuda para dejarlas porque mientras más se queden en ese mundo el fondo es más feo—, enfatiza.

Lía es muy bonita y se la ve bien arreglada. Comenta que llegó al centro por referencias de una amiga de su mamá, quien trabajaba en esa institución.

—¿Cómo crees que deberían actuar los padres frente al consumo de drogas?

—A mi mis padres me sobreprotegieron mucho pero creo que no deben ver el tema de las drogas como un tabú y deberían hablar de eso con sus hijos  para que les tengan confianza, ese es el problema.

La totalidad de mis entrevistados refirió que no podían hablar del consumo de drogas con sus padres, que eran muy cerrados, en su mayoría sobreprotectores y con grandes problemas de comunicación, haciendo hincapié en que pasaban muy poco tiempo con ellos, por lo que esas actitudes parecen ser la receta para tener hijos con problemas de drogas.

Para Jacobs un gran problema es que los padres en los países latinoamericanos suelen mantener a sus hijos hasta muy grandes y cuando tienen problemas de este tipo los sacan de sus dificultades evitando que sean arrestados o que tengan que pagar los daños que ocasionan.

—Muchos padres los sacan de la cárcel si pueden cuando protagonizan un hecho de tránsito, pagan los daños que ocasionan, suplen sus responsabilidades y de esta forma no les permiten madurar—, afirma que los padres deben aprender a poner límites y no es correcto que asuman las responsabilidades de sus hijos.

Fred (nombre ficticio) es el mayor de mis entrevistados con 34 años y está en el Centro por segunda vez, luego de haber sido expulsado por recaer en el consumo de pasta base y cocaína que ingiere hace 12 años aunque comenzó hace 18 con marihuana.

Por su forma de actuar parece tener alto nivel de educación y por su forma de vestir se puede advertir que proviene de una familia con muchos recursos pero perdió su matrimonio además de un buen trabajo por el consumo de drogas. Tiene tres hijos que son su motivación para salir de ese mundo.

—¿Qué efectos ocasionan el consumo de cocaína y pasta base?

—Provocan un total descuido de la persona porque son sumamente adictivas y llevan a dejar todo, se pierde la dignidad y el norte de la vida porque colocan una venda en los ojos que nos hace sentir bien cuando no lo estamos. Además, la pasta base y la cocaína provocan deterioro de los dientes, del cabello, la piel y envejecen muchísimo.

—¿Qué aconsejas a los padres?

—Que busquen información, que conversen con ellos y lleven a sus hijos a un centro de rehabilitación cuando descubran que consumen drogas, antes que se complique el problema, porque necesitan alejarlos de los grupos de consumo.

Jair (nombre ficticio) es el más joven en el Centro con solo 20 años y a pesar que solamente lleva un mes  ya fue promovido al siguiente nivel en El Kenko por su rápido avance. Consume marihuana y anteriormente consumía cocaína además de tranquilizantes o jarabe para la tos con alcohol. Comenzó a los 17 años en su colegio.

—¿Qué te llevó a consumir drogas?

—Al principio la marihuana me ayudaba a ser más creativo y componer canciones, pero luego me volvió más soberbio sobre todo con mis padres, por lo que pensaba dejar la universidad (Ingeniería Comercial), pero estas vacaciones vine al centro y ahora quiero volver a estudiar—, asegura.

Es el último hijo y sus padres son bastante mayores con más de 60 años por lo que los considera cerrados. Lo sobreprotegieron mucho prohibiéndole salidas hasta que en la pre-promo del Colegio tuvo que mentir diciéndoles que iba a jugar fútbol o al cine con su chica.

—¿Crees que es posible dejar las drogas?

—Si pero se requiere más apoyo del Estado, hay corrupción en la Policía y sobre todo falta una ley que apoye a los adictos considerando que es una enfermedad y debería tener presupuesto para dar ayuda.

Sobre los recursos que reciben los centros de rehabilitación en el país, Lloyd Jacobs asegura que son muy pocos por lo que el centro Vida se vio obligado a reducir algunas de sus actividades como el trabajo que realizaban con los familiares de los residentes a pesar de ser un aspecto muy importante para lograr la rehabilitación.

—¿Este grupo social se siente discriminado?

—Muy discriminados por todos, por la sociedad en su conjunto porque nadie sabe qué hacer con nosotros. Dicen que los que consumen son enfermos pero los criminalizan y el apoyo estatal no está definido, es esporádico y muy escaso. En el centro Vida tenemos poco personal, las viviendas requieren arreglos urgentes porque tenemos goteras y la colaboración en alimentos es  siempre bienvenida ya que los recursos que aportan las familias e instituciones de beneficencia que nos colaboran no resulta suficiente.

Max (nombre ficticio) de 27 años, es el único que está en el centro por consumir una droga lícita como es el alcohol. Comenta que estuvo en el centro más de siete veces desde los 22 años habiendo terminado el proceso en algunas ocasiones. Consume alcohol desde los 14 años, pero de manera más problemática hasta no poder más, desde los 17 o 18 años.

Tiene la voz y las manos temblorosas y el rostro un poco hinchado y enrojecido. Su ropa es sencilla aunque está muy limpia.

Confiesa haber probado otras sustancias como la marihuana, alucinógenos y pasta base.

—En un país como Bolivia en el que casi todos consumimos alcohol, ¿Es fácil llegar al alcoholismo?

—Lamentablemente aquí el consumo de alcohol es tan natural y arraigado que hacerlo parece una gran hazaña, es muy normal y muchos padres son cómplices de sus hijos cuando se dedican a la bebida. Sin embargo, creo que prohibir no es la solución porque quienes sufren por drogas legales o ilegales sufren por igual y aunque tienen deseos de salir de este mundo no siempre encuentran la forma o los medios para hacerlo en una sociedad donde los alcohólicos o drogadictos son mal vistos y rechazados por todos.

(*) Es Periodista